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Sin perder el tren del amor

Fijé mis ojos en Jorge y lo hallé bello, desentendido y alegre. Lo observaba con éxtasis, llena de admiración y deseé demostrárselo acurrucándome a su lado. Mariano leía a Borges: -“Alto lo veo y racional, / con el ánima mesurada, / capaz de no levantar la voz / y de jugarse la vida. // Absolutamente nadie con paso más firme / va a haber pisado la tierra; / absolutamente nadie va a haber habido como / en el amor y en la guerra”.

Mariano dejó de leer sin soltar el libro, sus pensamientos viajaban en torno nuestro. Nos miró con ternura y dijo: “este es tu tocayo: Jorge Luis Borges. Escuchen lo que sigue”. Mas enmudeció. Se levantó y tras servirse una copa se acomodó recargando su cabeza sobre mis piernas y con naturalidad reanudó el libro. Mientras que procuraba la página, mis manos se perdieron en su cabellera. Aquellas caricias dejaban de ser simple lasciva, deseaba gozarla como una escena tierna, cálida y llena de romance. Eramos los 3 en un mutuo contacto sereno, sin prejuicios y sin culpas. El amor de los dos hombres fluía de forma libre por mi psique, por mi cuerpo….

La voz varonil de Mariano retumbó en la habitación; -“Entre las cosas hay una / de la que no se arrepiente / absolutamente nadie en la tierra. Esa cosa / es haber sido valiente. / Siempre y en toda circunstancia el coraje es mejor, / la esperanza jamás es vana; / vaya puesto que esta milonga / para mi amiga Ana”.

Jorge y sonreímos al percibir mi nombre.

-¿Qué no era a Jacinto Chiclana? -protestó vivaz Jorge.

-Es válida para cualquiera que desee ser valiente en esta tierra -le respondió Mariano al paso que se distanciaba cara su dormitorio.

La luz penetró por medio de la lucerna a temprana hora. Jorge y habí

amos continuado enlazados el uno al otro toda la noche en el suelo. La música proseguía muy frecuente y absolutamente nadie parecía haberse despertado todavía. Referir con lealtad los hechos de aquella mañana sería bien difícil y quizás mejor valdría sostenerlos en el fondo de mi psique a salvo de cualquier distorsión. Por otro lado no sería justa si omitiera a Felipe en esta historia.

Al pasar por el baño de la tripulación me detuvo la figura de un hombre a quien no había visto hasta ese instante. Se trataba de un joven moreno y musculoso con evidente género de pescador. Sus nalgas relucían bajo la regadera. Repentinamente sentí un imparable impulso por abrazarlo, deseé empaparme junto a él, ser valiente momentáneamente, arremeter con coraje, no arrepentirme como afirmaba Borges. El moreno viró cara mi con la cabeza todavía enjabonada sin abrir los ojos. Cualquier comparación que se hiciese de su pene sería vana considerando sus atributos al instante de actuar. Sin pensarlo más, me desprendí del vestido y tal y como si estuviera aguardándome se dejó rodear por mis brazos sin decir nada. Sus nalgas rozaban mi vientre provocándome un agradable cosquilleo. Recargué mi cabeza sobre su espalda y llevé mis manos hasta su erecto miembro sacudiéndolo de manera fuerte. El continuaba quieto como una figura de ébano dejándose acariciar. Enjaboné su cuerpo palmo a palmo, con exactamente el mismo cuidado que una madre tiene con su bebé. En su pene me detuve un buen rato para examinarlo con curiosidad, entonces, me cargó. Al desembrollarme de sus brazos me vi acostada en una mesa de masajes. Sin ofrecer resistencia dejé que actuase de manera libre. Yo continuaba con los ojos cerrados totalmente relajada haciendo asistir a mi mete miles y miles de imágenes ridículas. Me veía al pie de un barranco rodeada de los dioses; uno de ellos era Neptuno quien sonreía sardónicamente, otro era Onán quien no dejaba de masturbarse abstraído en la contemplación de Venus. Eros y Tanatos discutían sobre una roca donde las olas rompían con furia ya antes de internarse en una gruta que conducía cara una laguna subterránea. Hasta allá fui conducida por Zeus cuyo semblante era semejante al de Jorge, xnxx orgias negras jovencitas folladas gordas porno culos universitarias trios actrices porno anime hentai asiaticas bdsm comics comidas de polla gays inexpertos pollones porno porno amateur sexo anal bisex españolas xnxx incesto xnxx rubias sexo duro tetillas tetonas travestis webcam porno maduras. De la gruta surgían cientos y cientos de Unicornios blancos y grises seguidos por una infinidad de Pegasos. 5 Sirenas surgidas de las profundidades de esas aguas cristalinas nos envolvieron con sus cantos al paso que nos ofrecían uvas y manzanas. Zeus y flotábamos en aquellas aguas mansas sin hacer ningún esmero. Eros, muy similar a Mariano, se unió a nosotros en esa abierta mañana para recrearme con sus caricias. Se detuvo en los pies. Lamió cada uno de ellos de mis dedos como jamás lo había hecho y …..

De súbito, al sentir los labios del moreno sobre mis dedos descubrí quién me había poseído la tarde precedente. Refrené el sobresalto presta a todo. Su lengua procuraba ávida reconocer cada segmento de mi cuerpo, en ocasiones se detenía un tanto más acá, un tanto menos allí, sin perder un segundo. Retorné a mis fantasías, ahora más terrenales. Compartía con Jorge y Mariano exactamente la misma cama, exactamente la misma familia; los 3 viajábamos infatigablemente en yate a través del planeta entero y no obstante, todos fingían no percatarse del menage perpetuo. Ya no había responsabilidades que cumplir, ni dinero del qué preocuparse. Los desazones rutinarios se hundían en el olvido y sobre ellos surgía una nueva historia de aventuras y de vida. La aurora nos agasajaba cada mañana una nueva esperanza y al rechazar el día la sonrisa dibujaba un rictus de alegría en nuestros semblantes. La pesada carga de la cotidianeidad había quedado en tierra firme, ahora nuestros contornos no eran sino más bien agua y horizonte sin límite.

El moreno seguía su tarea sobre mi cuerpo tan lejano de sus manos como mis pensamientos, tan próximos a sus manos como la realidad misma. Abrí los ojos para descubrirme en los suyos. Eran de un negro intenso, tristes y refulgentes al unísono. Me sonreía con los labios entreabiertos exhibiendo una dentición envidiablemente blanca. Se acostó junto a mí y de este modo se quedó un largo rato. Inmóvil, mudo. Con la mayor suavidad que pude, me desprendí de sus brazos. Besé su pene hasta hacerlo medrar, todo se perdió en mi boca, tocó los más reservado de mi cerebro y su semen, al salir expulsado con su fuerza, se desperdigó en mí alojándose una parte en mi garganta que pronto subió hasta salirme por la nariz. El moreno se envolvió con una toalla y salió del baño justo cuando Mariano se asomaba por la puerta.

-¿Qué haces acá? Este no es el baño de las visitas. -y por su ademán me percaté de que había presenciado toda aquel asunto con el moreno.

Ya no sentía ninguna gana de continuar cogiendo, con lo que me distancié tan pronto como pude.

Al finalizar el desayuno nos fuimos acercando al muelle. Mariano le solicitó a Segoviano que buscase al mudo para bajar las cosas. Inmediatamente apareció el moreno a quien llamaban Felipe y en mi hubo una enorme quietud de conciencia al saberlo mudo. ¡Mas de qué forma posiblemente con esa excelente lengua pueda ser sordomudo? -afirmaba para mis adentros.

La casa de playa se situaba en la punta de un barranco lo que le dejaba una extensa vista del mar desde cualquier ángulo, salvo el frente que miraba cara una floresta interrumpida por la cancha de tenis. La sala y las recámaras contaban con un balcón volado hasta donde el sol llegaba cada mañana. A un costado de la sala se extendía la alberca. Se trataba de una vivienda de una sola planta decorada alegremente al estilo de Manzanillo. Muebles de marquetería con flores de mil 100 colores diseñados en Colima con un gusto delicioso.

Los muros exhibían pinturas originales de ciertos artistas huicholes y coras con motivos de mujeres indígenas; unas a la ribera de algún río, otras, trotando cuesta abajo. Una de ellas llamó particularmente mi atención, se trataba de una mujer recargada en un árbol con las piernas muy abiertas y las manos escarbando entre su vientre, detrás de ella se veía una gran catarata y su ademán era de dolor y de placer a la vez; ese era el misterio que me había intrigado.

-Es un ademán de agradable dolor o bien de doloroso placer, cualquier parturienta va a poder decírtelo- me aclaró Mariano, sin saber que aquella observación me hería de manera profunda. El deseo por concebir un hijo se había prolongado demasiado y a Jorge no parecía interesarle hacer medrar la familia. Mis amigas no charlaban más que de sus hijos y al continuar muda delataba la amargura que sentía al saberme sola. Tan sola como esa indígena atendiendo su parto; mas , en un momento abandonaría aquella soledad al sentir a su lado la caricia de su amor. Repetí estas últimas palabras en voz baja y me abochorné de tanta ñoñería maternal.

En un enorme salón, anexo a nuestra recámara, había una serie de objetos extraños para mí. Se trataba de viejas piezas de navegación del siglo XVI y XVII que habían pertenecido a embarcaciones inglesas, españolas, chinas y holandesas. Un enorme Mascarón cubría enteramente entre las paredes cubiertas de madera fina. Cerca de cincuenta diferentes lámparas pendían de las vigas del techo; al centro, una vitrina de cristal esmerilado exhibía sextantes, monóculos, brújulas, timones a escala, sables, vasos, platos y cubiertos de plata. Al lado de la otra pared se alternaban estandartes, lanzas, escudos y armaduras. A un costado, un enorme árbol genealógico daba cuenta de múltiples generaciones que online paterna se empezaba en el siglo XVII y concluían en el año de mil novecientos sesenta y cinco. Cada hoja del árbol contenía un retrato al óleo de 4 distintos personajes en todos y cada uno de ellos de los quince niveles ascendientes.

-¡De mil seiscientos nueve a mil novecientos sesenta y cinco! -Exclamé sorprendida al ver sus nombres grabados en miniatura. Un solo retrato Coronaba el árbol: Elizabeth Ibargüengoitia de Velasco. Era una pintura en la que la joven lucía un magnífico torso apenas cubierto con una fina gasa que dejaba el nacimiento de sus senos al aire. Sus mejillas pálidas contrastaban con el brillo de unos ojos verdes, de un intenso verde bosque. Las manos parecían mantener un mentón prácticamente perfecto. Sus dedos eran largos, larguísimos. Una mujer de extraña y hechizante belleza.

Bajo el retrato aparecían a su derecha los Ibargüengoitia y a su izquierda la línea de los Velasco. En la parte inferior, un hombre vestido elegantemente a la usanza del siglo XVII llevaba por nombre Gonzalo de Ibargüengoitia, Archiduque de algo que ahora no recuerdo y junto a él, Doña Prudencia Arnaz. En exactamente el mismo nivel, mas al otro extremo se observaba a Don Jacinto de Velasco, Doctor de la Excelentísima Universidad de Salamanca y a su mujer, Doña Caridad Esquivalzeta.

Abstraída en la contemplación del árbol genealógico dejé transcurrir el tiempo.

Mariano y Jorge penetraron de súbito en la habitación dejando tras de sí una estela de perfume para mujer. No pertenecía a ellos sino más bien a ella; a la dueña de casa; a la fina señorita Elizabeth. Portaba nombre de reina y de verdad lo era. La pintura al óleo poco le favorecía. Ella era la mujer más preciosa que nunca hubiese visto.

Una extraña sensación me invadió de súbito. Emoción, la mente y el cuerpo se fundieron como plomo bajo el candente fuego que irradiaba la presencia de Elizabeth. A la admiración le sucedía la envidia; a la aceptación, el rechazo; al reconocimiento, el enfurezco. Eramos prácticamente de exactamente la misma edad mas entre las dos se abría una infinita brecha cultural y social de la que me percataba meridianamente. Una mujer puede competir con la belleza de otra, mas difícilmente con su herencia cultural, con su clase, y eso me hacía sentir incómoda, insegura. Deseé inmediatamente descubrir algún defecto en ella, algún gesto indigno, cualquier cosa de la que agarrarme en mi defensa.

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